miércoles, 18 de junio de 2008

La mañana de San Juan









En Galicia hay una tradición muy arraigada que mi abuela nos transmitió cuando éramos niñas. Cada mañana de San Juan (día 24 de junio) ella nos despertaba, alegre como siempre, recordándonos la fecha del día y nosotras nos levantábamos más diligentes de lo habitual porque sabíamos que empezábamos de un modo distinto y algo mágico nuestras abluciones matinales. Mágico o especial nos parecía el hecho de descubrir en el cuarto de baño una hermosa bañera, llena de agua fresca y ricamente perfumada, en la que flotaban pétalos de rosa, hojitas de hierbabuena, hierba luisa, espliego, tomillo, romero y un montón más de plantas aromáticas.

(Supongo que no faltaría el hipérico o hierba de San Juan (
Hypericum perforatum), y mucho menos el fiúncho (hinojo) (Foeniculum vulgare) y la xesta (retama) (Cytisus scoparius), cuyas virtudes curativas dicen que son importantes. Con la retama siguen haciéndose ramos que se colocan a la entrada de las casas y en las puertas de los coches para ahuyentar así a los malos espíritus, dicho sea de paso).

El caso es que ese día nos lavábamos la cara con esa agua que se preparaba de víspera y que había pasado a la intemperie toda la noche, a la luz de la luna... como es la tradición. Era un agua mitad milagrosa, mitad bendita, olorosa y fresca, que nos dejaba la cara perfumada, como quizás les pasara a las princesas de los cuentos, imaginaba yo...

(El fuego, el agua y las hierbas medicinales son los elementos mágicos que conjuran a los espíritus malignos y ayudan a purificar, limpiar y curar los cuerpos y las almas. De ahí las costumbres de saltar hogueras por la noche, darse un baño de nueve olas en La Lanzada para solucionar problemas de fertilidad en las mujeres y lavarse con esa agua en la que las hierbas tienen un papel significativo de curación... ).

A nosotras no nos daban información sobre estas cosas; ¡ni la pedíamos!. Mi abuela consideraría que eran costumbres paganas, supongo, pero, no obstante, esa agua beneficiosa y refrescante nunca nos faltó el día de San Juan e hizo siempre nuestras delicias cuando éramos niñas .

Yo he continuado esta tradición año tras año, desde que mis hijas eran pequeñas, con la intención de revivir y prolongar lo que tanto me hizo disfrutar en mi infancia y así lo sigo haciendo... para que ellas recuerden también, y lo disfruten...

Mi variedad de hierbas aromáticas siempre fue mucho más reducida que la de aquellos tiempos, por carecer de jardín y también (todo hay que decirlo) de previsión, así que en alguna ocasión he tenido que echar mano hasta de las especias de cocina (orégano, tomillo, laurel, agua de azahar...). Pero he plantado en mi balcón menta, melisa, hierbabuena, geranio de olor y he reducido el tamaño de la bañera, por lo que siempre hemos tenido agua de San Juan en las mañanitas del día 24 de junio, para refrescarnos la memoria y la vida.

...Y si, de paso, se ahuyentan las malas ideas, mejor que mejor...

viernes, 6 de junio de 2008

La cajita de caramelos



En los veranos, cuando la abuela era ya mas ancianita y se acostaba también más temprano que los demás, íbamos todos los hermanos a desearle las buenas noches en comitiva. Entrábamos en su dormitorio como quien entra (exagerando un poco) en un santuario. A la abuela le llenaba de alegría nuestra presencia y se notaba que disfrutaba mucho de este rato. Nos quiso siempre muchísimo, y nosotros lo supimos siempre.

“Vamos a ver, tú –señalando a uno de nosotros- abre el armario... Ahora coge esa cajita...”

-“Cuál, abuela, ésta?”
-“Si; acércamela”

Se la acercábamos y ella la abría ceremoniosamente mientras todos esperábamos ilusionados. En la caja había unas veces caramelos, otras, galletitas de barquillo de esas alargadas con capas de vainilla, según... Nos hacía ponernos en fila y nos iba repartiendo una unidad a cada uno, a la vez que le dábamos el beso de las buenas noches.

Como éramos tantos, había quien intentaba “despistarla” y se ponía de nuevo a la cola para recibir doble ración. Pero no se le escapaba el detalle a la abuela...

-“Tú no, que ya has cogido... Anda, bueno, toma otro...”
y entonces los demás armábamos un guirigay:
-“¡A mí también, a mí también!”

Y la abuela, feliz, terminaba el reparto; nos pedía que guardáramos de nuevo la cajita de lata en el armario, y se disponía a dormir en cuanto salíamos de la habitación.

Qué importante era todo, ¡hasta los caramelos..., sobre todo si nos los daba ella!.

lunes, 26 de mayo de 2008

El "Mi Jesús", del P. Ribera












Cuando recuerdo y saco a colación las directrices católicas -escritas- que formaron mi conciencia de niña, solo puedo dar gracias a Dios porque no he salido tan tarada como sería de esperar... Un poco sí que lo estuve, pero se me ha pasado.

Este “Mi Jesús –Devocionario que ofrece a los niños el P. Luis Ribera”, editado en 1952, es realmente, un ejemplar digno de estudio. Me acompañó siempre en mis obligaciones de buena cristiana, o sea, en las misas de los domingos y en las preparaciones y acciones de gracias de la Comunión. Me ayudó a conocer los nombres de los ornamentos sagrados y los objetos litúrgicos... Me conmoví con sus truculentos dibujos sobre el infierno y el pecado; me emocioné mil veces con el apedreamiento de san Tarsicio, que llevaba la comunión “a los cristianos presos en la cárcel por amor de Jesús”; me dejó estupefacta viendo a la niña que ¡¡ tiraba al Niño Jesús a las serpientes ¡! porque había hecho una mala comunión... (¿Se puede ser más bruto, a la hora de catequizar a un niño?). Yo
fui muy poco crítica. Aceptaba todo de buen grado y no me planteaba nunca interrogantes... ¡pobrecita de mí...!.

En el “Mi Jesús” venían , ilustradas, todas las estaciones del Via Crucis, los misterios del Rosario, ilustrados también, con su letanía lauretana; los cánticos más al uso, los sacramentos de la Iglesia, reflexiones sobre los nueve primeros viernes de mes... y una página al principio, la que más me gustaba, que se titulaba “Santos Recuerdos” y era ahí donde, a mano, había que rellenar los huecos en puntos suspensivos correspondientes a las fechas más importantes de tu vida. “Nací el día..... Recibí la Confirmación el día ..... Recibí la Primera Comunión a la edad de ... el día.....” Y luego, al final, firmabas una declaración de fé:
“Soy cristiano, y prometo a Dios, a la Virgen Santísima y al Angel de mi Guarda, vivir siempre como buen cristiano y como buen hijo de la Iglesia Católica. Y así espero morir, ayudado por la gracia de Dios. Lo que firmo en .... el día..... (Firma)”
En fin. Aquí lo tengo y la verdad es que me encanta, a pesar de todo, porque supuso mucho en mi vida, más para bien que para mal, aunque cueste creerlo... Porque, además, entre las páginas del librito también me encuentro con muchas más cosas que las escritas.

viernes, 23 de mayo de 2008

La confesión

Mucha parte de mi infancia me la pasé
“en pecado mortal”. Bueno, no sería tanta, pero la sensación de estar en pecado mortal sí que la tuve alguna vez y recuerdo ésta como la más incómoda.

El sábado por la tarde era el día de ir a confesarse. Teníamos esa costumbre que, por cierto, no me gustaba nada, pero la abuela nos llevaba a la Iglesia y con solemnidad y recogimiento nos ayudaba a hacer el examen de conciencia (que ahora suena un poco a chino, o a algo un poco lejano y en desuso). Que si teníamos pereza, que si mal genio, que si habíamos desobedecido en algún momento, o estábamos distraídas en clase, ...etc.etc.

Me preparé como pude, pero tenía algo que me desazonaba enormemente y que me parecía imposible de confesar, a pesar de la gravedad: la semana anterior ¡¡yo había pegado un moco en un banco de la Iglesia -lugar sagrado-...!! y lo tenía sobre la conciencia como un sacrilegio o algo parecido. ¿Cómo lo iba a confesar?; me daba una vergüenza enorme; ¡qué ordinariez, además...! Pero... ¿cómo omitir a propósito un pecado tan grave...?

Yo temblaba por dentro, de los pies a la cabeza. Y llegó mi turno. Y me confesé de lo de siempre, como una retahíla, pero no dije nada del moco. Fui incapaz.

Volví al banco. Seguía temblando, más en pecado que antes, y luchaba en mi interior ¿Vuelvo al confesionario... no vuelvo...?. ¡Pero no podía irme a casa tan campante, digo yo...!

El Espíritu Santo me animó. Me decidí heroicamente, a pesar de lo humillante que me resultaba la cosa, a confesar de nuevo.

-“Abuela: que tengo que volver a confesarme, que me he olvidado de algo”-


Volví al confesionario y... ¡lo dije!, muerta de miedo, pero lo dije!.

El alma se me quedó blanca como la nieve. Y ni recuerdo lo que me dijo D.Benigno. Supongo que se reiría por dentro... y ...tres avemarías...


¡Qué descanso, Dios mío!.

domingo, 11 de mayo de 2008

Mis flores

Este año no me ha florecido el muguet. He estado esperando pacientemente. Se ha llenado la maceta de hojitas verdes, sanas y brillantes, ¡pero no ha aparecido ni una vara de flor!. No sé que le habrá podido pasar... ¡qué le vamos a hacer!. Dejo aquí una foto del año pasado y mi recuerdo del jardín de la abuela, en donde conocí por primera vez en mi vida estas delicadas y olorosas florecitas cuando era niña.


En cambio, sí que me ha dado tres flores el
iris amarillo que me regaló Marta hace ya varios años. ¡Qué alegría!.

sábado, 10 de mayo de 2008

"Aquí ya no tenemos religión"



"Nós". Castelao
Hace muchos años, visitaba con mis padres la preciosa iglesita románica de una aldea pontevedresa cercana a nuestro pueblo de veraneo. Está situada en un otero, rodeada de robles centenarios, desde donde se domina un precioso valle con huertas y vides... un paisaje muy pintoresco, acogedor y tranquilo, que invita a la contemplación. Mi padre tenía la costumbre y el gusto de hablar con la gente de los pueblos de allí; les sonsacaba, les preguntaba, les escuchaba... y apareció una mujer mayor con la que entabló un pequeño diálogo. No recuerdo exactamente cómo fue la cosa... Le preguntaría por las fiestas del Santo Patrón, o por el párroco de esa iglesia... qué sé yo... Pero oí algo que no se me olvidará nunca y que me dió mucho que pensar.

Aquella mujer se lamentaba profundamente de cómo estaban cambiando las cosas, qué loco estaba el mundo, que hasta el cura se había llevado de la Iglesia la imagen de San Roque “...¿sabe usted? ...¡y eiquí xa non temos relixión!”.

sábado, 3 de mayo de 2008

Empieza el mes de mayo...


"O maíño maio é moi pillabán
quere que lle dean os cartos na mán.
Para facé-lo maio tivemos que roubar
frores e fiúncho na casa de San Blas...”


...y yo me acuerdo de los niños de Villajuan, que iban por las casas con sus “mayos”, cantando esa canción y pidiendo unos “patacones” para comprarse luego chucherías.


“Los mayos” son unas decoraciones florales muy lucidas, en forma de alfombras, o conos, o altares, que se hacen como homenaje de bienvenida a la primavera y con ella a la Virgen. Hacer "mayos" es una costumbre muy gallega y creo que también portuguesa y supongo que se harán también en otras partes de España aunque lo llamen de otro modo.


Pero los niños en Villajuan se hacían sus propios “mayos” que paseaban por el pueblo, yendo de casa en casa, mientras cantaban esa canciocilla tan especial, que tiene su picaresca. Los hacían dentro de cajoncitos de madera o bandejas más o menos grandes, decorados con flores, hierbas aromáticas, estampitas, y artilugios de adorno, según la imaginacion y el gusto de cada cual. Allá iban, tan felices, de puerta en puerta mostrando sus obras de arte y yo me quedaba embelsada admirando esos trabajos tan bonitos, porque lo eran realmente: como las alfombras de la procesión del “Corpus Christi”, pero en pequeñito.

En casa se ponía un altar a la Virgen; un altar escalonado como los de la iglesia, lleno de flores por los laterales hasta terminar en el centro con una imagen de la Virgen que no consigo “ver” ahora. ¡Me encantaba ese altar!... No sé por qué me parecía tener algo del cielo en casa...

El caso es que esto también era como un ritual. Bajábamos al jardín a cortar flores (bajo la indicación de la abuelita). Normalmente eran espireas (Spiraea arguta
) o celindas (Philadelphus coronarius) o bolas de nieve (Viburnum opulus), que estaban en su apogeo por esas fechas, todas blancas y la celinda con un olor suave, delicioso; las colocábamos en los distintos floreros y quedaba el altar que daba gloria, con sus mantelitos de encaje, blancos y almidonados... ¡Cómo me hubiera gustado tener una foto ahora con la que poder decorar este recuerdo...! Cuando entrábamos en esa alcoba no “nos quedaba más remedio” que cantar a la Virgen una canción.

Toma, Virgen pura, nuestros corazones
no nos abandones, jamás, jamás,
no nos abandones, jamás, jamás...


martes, 29 de abril de 2008

La pedrada



En mi anterior entrada comencé con unos versos de Gabriel y Galán que corresponden a “la Pedrada”, una poesía que aprendí cuando era pequeña y que me emocionaba todita entera, de los pies a la cabeza. Cada vez que la recitaba me sentía espectadora directa de ese acontecimiento que se describe en ella. Veo la procesión desfilando por la calle del Preguntoiro, (aunque nunca haya pasado por ahí en la realidad), y hasta podría jurar que vi al niño con la piedra en la mano y a continuación cómo rodaba la cabeza del sayón por los suelos...

Bueno, quizás resulte trasnochada la poesía, no lo dudo, pero a mí me encanta, siempre me gustó y, además, me identifico totalmente con todo (en lo de la estepa castellana no, que yo nací en Santiago) en lo que respecta a mis sentimientos infantiles con relación a las costumbres, a la solemnidad de la Semana Santa y la Pasión del Señor y la tristeza del ambiente y la pena que se tenía... y el modo de manifestarse el pueblo...

“Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo...
no estés eternamente enojado... perdónale, Señor”

(Ufff, ¡cuánta culpa...! Esta canción me hacía casi llorar...)


Todo eso que flotaba en el aire me llenaba de una emoción muy profunda, inexplicable casi, y lo viví muchas veces con intensidad y con asombro. Y no quiero esperar a la Semana Santa del año que viene porque se me olvidará (aunque sería un momento más adecuado). La transcribo ahora sin más historias, para que la conozcáis.

¡Hala, a leer, sin dejarse un verso!.


La pedrada

Cuando pasa el Nazareno
de la túnica morada,
con la frente ensangrentada,
la mirada del Dios bueno
y la soga al cuello echada,

el pecado me tortura,
las entrañas se me anegan
en torrentes de amargura,
y las lágrimas me ciegan,
y me hiere la ternura...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo he nacido en esos llanos
de la estepa castellana,
donde había unos cristianos
que vivían como hermanos
en república cristiana.

Me enseñaron a rezar,
enseñáronme a sentir
y me enseñaron a amar;
y como amar es sufrir,
también aprendí a llorar.

Cuando esta fecha caía
sobre los pobres lugares,
la vida se entristecía,
cerrábanse los hogares
y el pobre templo se abría.

Y detrás del Nazareno
de la frente coronada,
por aquel de espigas lleno
campo dulce, campo ameno
de la aldea sosegada,

los clamores escuchando
de dolientes Misereres,
iban los hombres rezando,
sollozando las mujeres
y los niños observando...

¡Oh, qué dulce, qué sereno
caminaba el Nazareno
por el campo solitario,
de verdura menos lleno
que de abrojos el Calvario!

¡Cuán süave, cuán paciente
caminaba y cuán doliente
con la cruz al hombro echada,
el dolor sobre la frente
y el amor en la mirada!

Y los hombres, abstraídos,
en hileras extendidos,
iban todos encapados,
con hachones encendidos
y semblantes apagados.

Y enlutadas, apiñadas,
doloridas, angustiadas,
enjugando en las mantillas
las pupilas empañadas
y las húmedas mejillas,

viejecitas y doncellas,
de la imagen por las huellas
santo llanto iban vertiendo...
¡Como aquellas, como aquellas
que a Jesús iban siguiendo!

Y los niños, admirados,
silenciosos, apenados,
presintiendo vagamente
dramas hondos no alcanzados
por el vuelo de la mente,

caminábamos sombríos
junto al dulce Nazareno,
maldiciendo a los Judíos,
«que eran Judas y unos tíos
que mataron al Dios bueno».

II
¡Cuántas veces he llorado
recordando la grandeza
de aquel hecho inusitado
que una sublime nobleza
inspiróle a un pecho honrado!

La procesión se movía
con honda calma doliente,
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía...!

¡Qué voces tan plañideras
el Miserere cantaban!
¡Qué luces, que no alumbraban,
tras de las verdes vidrieras
de los faroles brillaban!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con un látigo de acero...

Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,

rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón de frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?-

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin haber ningún motivo!»
III
Hoy, que con los hombres voy
viendo a Jesús padecer,
interrogándome estoy:
¿Somos los hombres de hoy
aquellos niños de ayer?
(José Mª. Gabriel y Galán)

jueves, 24 de abril de 2008

La hora del rosario






"Me enseñaron a rezar
enseñáronme a sentir
y me enseñaron a amar...” (Gabriel y Galán)


Todas las tardes, a la caída del sol, se rezaba el rosario en casa. Si estábamos en el jardín, la abuela nos avisaba con una campanita desde la ventana del salon y subíamos corriendo a cumplir con esta devoción diaria, tan arraigada y tan natural para nosotros. Nos acomodábamos alrededor de la mesa camilla y la abuela, que era quien lo dirigía siempre (hasta que fuimos creciendo y entonces nos turnábamos), comenzaba persignándose en voz alta; todos hacíamos lo mismo ... “Por la señal de la Santa Cruz...”

-¿Hoy qué día es?-
-Lunes, abuela-
-Misterios gozosos del Santísimo Rosario. Primer misterio....

Antes de llegar al segundo misterio ya estábamos aburridas; se nos hacía larguísimo y tedioso tener que estar ahí en actitud devota y recogida durante tanto tiempo, repitiendo una tras otra mil avemarías...

Bien es cierto que a veces la abuelita nos sacaba del aburrimiento cuando daba una cabezada involuntaria y se producía un silencio inoportuno. Nosotras, divertidas, le gritábamos -“Abuela, que te toca”- Y ella volvía a la realidad en un periquete y continuaba: “Dios te salve, Maria...”

Las personas que ayudaban en casa, -“las muchachas”-, acudían también a los rezos pero... se quedaban de pié a la puerta del comedor... Eso que antes veía con naturalidad ahora, al contarlo se me hace raro y me resulta francamente molesto, aunque no era en absoluto orgullosa ni “estirada” mi abuela; es que las cosas eran así y se guardaban las distancias de un modo natural y aceptado por todos... (¡no faltaría más!).

Sobra decir que me sabía todos los misterios (cinco gozosos, cinco dolorosos y cinco gloriosos) en su orden correspondiente (ahora creo que el papa ha puesto otros más que, por cierto, no me los sé); Los cinco dolorosos me parecían más misterios que los otros y más conmovedores; se rezaban los martes y viernes. Eso de la flagelación del Señor, la coronación de espinas, las caídas de Jesús con la cruz a cuestas. etc. etc. me producía tristeza; y aunque no me paraba demasiado en reflexiones me parecía una masacre inexplicable (Todo lo relativo al dolor, a la sangre, al martirio, a la culpa, me trajo de cabeza en gran parte de mi infancia y de mi adolescencia incluso, no sé por qué... Me producía rechazo y atracción a la vez. Y debo decir que nunca, jamás, me inculcaron sentimientos de culpa mis mayores. Es que yo era un poco rarita, muy escrupulosa y quizás demasiado sensible).

La letanía se rezaba en latín y también me la aprendí de memoria, primero sin saber lo que decía, claro; pero me gustaba -aunque se hacía demasiado largo- lo de repetir “ora pro nobis, ora pro nobis, ora pro nobis...”; y cuando ya creías que se había terminado el rosario y que podías marcharte a jugar, ¡comenzaba una retahíla infinita de padrenuestros!. “Un padrenuestro por las ánimas benditas del purgatorio... un padrenuestro por las necesidades del santo pontífice un padrenuestro a S. José para que nos libre de una mala muerte...”

(El verano pasado entré una tarde en la iglesia del pueblo y pude comprobar que, al terminar la letanía, siguen rezando interminables padrenuestros por las interminables intenciones de un sinfín de gentes... Por un lado me hizo ilusión porque me pareció algo pueril y en desuso, he de ser sincera, y me acercó más a lo vivido. ¡Pero me chocó enormemente!).

Lo que recuerdo con verdadero encanto es el placer de rezar el rosario en el jardín, en un día de primavera. Entonces se sobrellevaba de maravilla. El olor a boj, jazmín y heliotropo se mezclaba con el gorjeo de los pajaritos que estaban especialmente bulliciosos a esas horas del atardecer acomodándose entre las ramas de los magnolios para retirarse a dormir... ¡Eso sí que era una bendición!.

Dios te salve, Maria...



jueves, 17 de abril de 2008

Las higueras



No me parecen ni ásperas ni feas (como dice Juana de Ibarbourou en su preciosa poesía); sobre todo no me parecen feas en absoluto, aunque sus hojas sean realmente ásperas... Me encantan las higueras; me encanta como huelen y reconozco perfectamente el perfume de estos árboles, antes de localizarlos con la vista, cuando paseo por algún lugar, por algún pueblo.

“Por aquí tiene que haber una higuera...! –digo, olfateando el aire- ¡Ahí está!” Y se produce el encuentro; el encuentro de aquellas tardes de sol con la abuela; el encuentro de aquellas mismas higueras de la niñez conmigo ... ¡Qué cosas!.

Atravesábamos, de la mano de la abuela, la nave de la carpintería, con su olor a madera y polvillo de serrín flotando en el aire; (Ya solo ese recorrido me resultaba especialmente grato); y salíamos por una puertita pequeña a la luz deslumbrante del sol de la huerta para encontrarnos de frente con las dos hermosísimas higueras, repletas de higos, allá por el mes de julio. ¡Que delicia!. Nos subíamos, como gatos, a las ramas y llenábamos los cestitos para luego ponernos a “merendar” y rechuparnos los dedos.

¡Esa dulzura de los frutos...!
¡Esas hojas anchas y lobuladas, algo “rasposas...! ¡Esa huerta y su sol radiante...!

...Estarán para siempre en mi corazón y en mis recuerdos.


LA HIGUERA
Porque es áspera y fea,

porque todas sus ramas son grises
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta
hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos, limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre ¡parece tan triste
con sus gajos torcidos, que nunca
de apretados capullos se viste!...

Por eso,cada vez que yo paso a su lado
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
"Es la higuera el mas bello
de los árboles todos del huerto".

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡Que dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
"Hoy a mí me dijeron hermosa".

(Juana de Ibarbourou)



miércoles, 16 de abril de 2008

Severo



Tenía una barba larga, enredada y sucia, el pelo largo también, hecho una maraña, una boina negra, mas bien parda de puro vieja y el atuendo propio de un ser huidizo, solitario y loco, lleno de mugre, que no conoce más que el agua de la lluvia y la extensión de la carretera, que le lleva y le trae de un pueblo a otro, sin más intención que la de andar huyendo de su propia existencia, con su miseria a cuestas.

A Severo le daban miedo los coches. Pero le daban miedo de verdad... ¡muchísimo miedo!. Yo creo que su instinto le advertía que eran aparatos provenientes de otro mundo y le iban a hacer daño.

Pocos coches circulaban por aquel entonces por esas carreteras de Dios pero cuando oía a lo lejos el ruido de un motor que se aproximaba, se adentraba de un salto en la cuneta, muerto de miedo, y se abrazaba fuertemente a un árbol mientras seguía, atemorizado, con sus ojos de loco, la trayectoria del coche hasta que desaparecía.

Se abrazaba al árbol para sentir su fuerza protectora, como el animalillo que se esconde en la madriguera, y asoma la cabeza, asustado, esperando que pase el peligro...
Después continuaba su larga, interminable, caminata...

Severo pasaba mucho miedo. Y yo también, cuando le veía, porque me parecía una mezcla inquietante de hombre y animal.

sábado, 12 de abril de 2008

12 de abril 08

Hoy Irene se ha metido en mi blog. Le ha gustado mucho, me ha dicho toda cariñosa, y ha “flipado en colores” porque cree que me manejo con toda facilidad (¡¡¡con lo que me cuesta hacer cualquier cosita, que ayer mismo me acosté a las 4 de la madrugada, haciendo y deshaciendo...!!!) pero también me ha recomendado que haga un “cursillo sobre los acentos”, y se lo agradezco. Por eso (sin tilde) tengo que pedir disculpas a alguien, a ese alguien que se asome por aquí alguna vez y solicitar su benevolencia a la hora de encontrarse con mis erratas gramaticales; mientras tanto, seguiré escribiendo y me esmeraré todo lo que pueda para corregirlas.

Al clareo


No había lavadoras, claro. En aquéllos tiempos se lavaba en el río.

(Llamaban también “el río“, al lavadero comunitario, un pilón todo en piedra, con su techado de madera para guarecerse de las lluvias o a cualquier pila casera en la que se acoplaba la tabla de lavar).

Las mujeres, con la ropa en bañeras sobre la cabeza y algunas, además, con la tabla de lavar de madera bajo el brazo, marchaban al río por la mañanita a lavar su ropa o la de los señores en cuya casa estaban contratadas para realizar ese menester.

Allí se encontraban; allí cotilleaban e intercambiaban sus “dimes y diretes”; se ponían al corriente de sus cuitas y criticaban a cualquiera que diera un poquito que hablar y no estuviera presente... y así con las espaldas arqueadas se les iban enrojeciendo las manos de tanto frotar y torcer la ropa a la intemperie. Y a mi me gustaba oir ese golpe que daban con el jabón sobre la tabla o la piedra y ese gritito del agua jabonosa que se les escapaba entre las manos cuando apretaban la tela.

Las que trabajaban a sueldo se acercaban primero por la casa. Allí, junto con la señora, recontaban las piezas que se iban a llevar a lavar...”seis servilletas; un mantel, cuatro sábanas...” ; todo quedaba apuntado en un cuadernillo que se guardaba siempre en el mismo cajón.



Al cabo de un par de días, después de ponerla ”al clareo” durante unas horas sobre la hierba fresca, la lavandera regresaba con toda la ropa seca y blanca, que olía a limpio y a atardecer.

Y se recontaba de nuevo lo entregado... no fuera que el viento se hubiese llevado alguna pieza...

viernes, 4 de abril de 2008

Chuco

Unos le llamaban “Diluvio”, otros “Chuco”, y yo nunca supe su verdadero nombre. (De pequeñas nos confundíamos y a veces le llamábamos “Lluvioso” y en casa se reían y nos corregían). Era un hombre bueno, inofensivo, de ojos muy hundidos, un poco bizco, que no nos inspiraba ningún temor sino todo lo contrario: mas bien ternura y algo de pena.

Era el primero en las procesiones y el primero también en recorrer el pueblo detrás de los músicos, cuando había fiestas: ¡como un niño más!.

Se pasaba las mañanas barriendo la calle por voluntad propia. Posiblemente no sabría hacer otra cosa y así se sentiría importante y útil ayudando a los barrenderos profesionales, pienso ahora. Lo hacía muy bien, con la entrega propia de un niño que quiere ser admirado, y felicitado después, por su trabajo... Pasaba una, dos y tres veces por el mismo sitio, frente al portalón, para que le vieran, esmerándose en no dejar ni un papel, la mirada atenta al suelo, dispuesto a dejar bien relimpio el lugar.

Los niños del pueblo se metían con él -¡cómo no!- y Chuco refunfuñaba y hacía ademán de darles con el palo de la escoba, lo cual llenaba de gozo a los chavales que salían corriendo, muertos de risa, para librarse del posible golpe... Un juego al que él seguramente estaba ya habituado, lo cual no quiere decir que le gustara.

Hacia el mediodía, ya sin la escoba, se acercaba a la casa para pedir una recompensa por su colaboración.

-“¡Abuela, ha venido Chucoooo!”.-

La abuela nos daba pan y alguna que otra moneda y nosotras corríamos a entregárselo, diligentes y contentas, sintiendo que realizábamos así “la obra buena” del día.

Chuco se conformaba con que le dieras un “patacón”, (como llamaban en Galicia a la moneda de 10 céntimos de peseta por aquel entonces). Pero, a medida que se iba haciendo viejecito, lo que realmente quería era un caramelo.

lunes, 31 de marzo de 2008

Se iba el pensamiento mío

Le gustaba la poesía y aprendí de ella, entre otras muchas, ésta por la que tenía un gusto especial y en la que seguramente se identificaría su vida de algún modo.

Hoy es el día de su cumpleaños y la recuerdo con especial cariño.

Se iba el pensamiento mío
por entre los juncos verdes
de la orillita del río.
Se iba el pensamiento mío...
Él iba tras su quimera.
Por cortarle su carrera,
por torcerle su destino,
una flor dijo a su paso
-Tengo pétalos de raso...
Y un pájaro: -Yo sé un trino
más claro que el cristalino
manar de la torrentera...
Y el viento:- Yo sé el divino
cantar de la Primavera...
Pero él siguió su camino,
porque iba tras su quimera.
(José María Pemán)

sábado, 29 de marzo de 2008

El olor de la vida

Hablando con mi amiga Paz, recordábamos las dos el precioso olor al entrar en casa de la abuela ...¡Compartimos perfectamente ese recuerdo!: el zaguán, con su olor a piedra húmeda y musgo que te invadía enterita en cuanto ponías el pié nada más traspasar la puerta. Olía a misterio, a una vida distinta y muy querida... Tras este olor se escondía algo especial, un modo de vida especial, personas especiales... Subiendo las anchas escaleras, también de piedra, humedecidas e impregnadas de esa misma profundidad de la tierra, entrabas en el hall y la cosa cambiaba radicalmente; entonces pasaba a ser un olor a cera, petróleo, esencia de trementina sobre el suelo de tarima antigua, carcomida, todo junto... y el tic-tac del reloj, con su olor a tiempo vivido y disfrutado... Algo que no se puede explicar bien con palabras, porque es, sobre todo, una sensación que abarca también un amor y una vida enteros...

Y al borde del mar se instalaba el olor a brea, mezclado con salitre y algas y graznidos de las gaviotas y el vaivén de las olas ...

¡Estos olores, Dios mío, son el mejor perfume de mi vida!

jueves, 20 de marzo de 2008

Jueves Santo



Cuando yo era pequeña, en Semana Santa había un ambiente triste y solemne. Al menos, yo lo percibía así: un ambiente de dolor, de injusticia, de pena, de algo de “miedo”, y mucho olor a incienso. La Iglesia se llenaba de gente para asistir a los Oficios. Y la abuela nos llevaba de la mano, tempranito, para coger sitio y yo notaba esa solemnidad en su actitud cuando entrábamos en la Iglesia.

“Entro, Señor, en tu santo templo y santa casa, te adoraré y reverenciaré tu santo nombre, amén.”

¡Qué importante resultaba todo!

No tocaban la campanilla en la Consagración; tocaban unas carracas de madera que a mí me gustaba mucho oír. Me parecían instrumentos de “juguete”, nada serios, aunque fuera tan ronco el sonido. (¡ Qué suerte tenían los monaguillos dando vueltas al palito y haciéndolas sonar en el momento oportuno...!)

No se podía cantar, ni poner la radio y se cumplían a rajatabla los ayunos y las abstinencias durante la cuaresma y con mayor rigor el Jueves y Viernes Santos. A los niños no nos afectaban tales obligaciones si no habíamos hecho aún la primera comunión, pero en la casa se paraban todas las demostraciones festivas; no se enchufaban los aparatos de radio y siempre había alguien que, al menor descuido que tuvieras, te recomendaba: “no cantes, que es Viernes Santo”... ¡Y no cantábamos!. Pero la abuelita nos había enseñado una canción sobre la Pasión del Señor, y ¡ésa sí!, ésa canción sí se podía cantar, y la cantábamos a todas horas, tan felices, aunque era tristísima. Aquí la transcribo; la música se repite constantemente en cada estrofa. Mientras la voy escribiendo voy también cantando hoy, que es Jueves Santo.



Celebrar la Pascua ordena
por vez última el Señor
y su alma, de afectos llena,
quiso darnos en la Cena
pruebas de su excelso amor.

Porque en ella instituyera
la Sagrada Eucaristía
para que luego tuviera
víctima que se ofreciera
por el hombre cada día.

Retiróse luego a orar
al huerto de las olivas
y Judas marchó a tratar
de cómo lo ha de entregar
a los ancianos y escribas.

Y vino al huerto el infiel
con gente armada, orgulloso,
y entregó a Jesús a aquel
desenfrenado tropel
con un ósculo engañoso.

Y Jesús fue conducido
preso a la casa de Anás
quien, después de haberle oído,
mandó fuese remitido
a presencia de Caifás.

Herodes le interrogó
más, cuando vio que el paciente
Jesús nada contestó,
a Pilatos le volvió,
vestido como un demente.

Éste manda que, azotado,
le pusieran a un balcón
por ver si el pueblo, irritado,
al verle en tan triste estado
se movía a compasión.

Pero su vista excitaba
más de aquel pueblo el rencor
y, cuando a Jesús miraban,
¡crucificadle! gritaban
cada vez con más furor.

Y no pudiendo encontrar
para Jesús indulgencia,
aunque se quiso excusar,
Pilatos vino a firmar
de su muerte la sentencia.

Al Calvario fue llevado
en donde con excesiva
crueldad Jesús tratado,
en una cruz enclavado
muere porque el hombre viva.

Toda la naturaleza
a su muerte, conmovida,
mostró su grande tristeza
y, dejando su belleza,
quedó de luto vestida.

Los judíos que temieron
pronta su resurrección
en el sepulcro pusieron
centinelas que sirvieron
más para su confusión.
.............

Y aquí ya se acaba. No tengo nada más, aunque supongo que falta alguna estrofa: la de la Resurrección. En cualquier caso, la abuelita no recordaría más cuando, en el año 1961, a petición mía, me la mandó en una carta.

El jardín


Bajar al jardín, cuando la abuela nos daba “rienda suelta”, era como bajar al mundo de la ilusión, de la imaginación, del misterio, del bienestar más deseado, sobre todo si hacía sol y los rayos de luz se filtraban entre las ramas de los naranjos y los camelios, y dibujaban de manchas claroscuras los caminitos entre los macizos.

En el jardín teníamos todo lo necesario para ser felices. Allí aprendimos a montar en bicicleta; allí nos subíamos a los zancos de madera que la abuela había mandado hacer para nosotras y hacíamos apuestas para ver quién duraba más subida a esos palos sin caerse, mientras disfrutábamos del mundo desde la altura… Allí lanzábamos el diábolo hasta las nubes... nos columpiábamos hasta llegar al cielo... y allí también nos desollábamos las rodillas con las primeras caídas obligadas.

Un jardín es un mundo aparte donde los pensamientos mas íntimos se agolpan y se pasean con uno mismo, impregnándose de aromas especiales: tierra húmeda, boj, azahar, magnolias, glicinias... con los gorjeos de los pajaritos como música de fondo. Pasear por un jardín vallado es olvidarte del mundo de fuera y sentirte dueña y señora de ti misma, y, sobre todo, de la naturaleza que te rodea en todo su esplendor...

Y yo guardo en mi alma esa preciosa sensación de paz y de que “todo está bien” cuando paseo por cualquier jardín.

sábado, 8 de marzo de 2008

Carmiña y el cisne

Carmiña fue quien me enseñó a escribir, a leer, a hacer quebrados y luego me preparó para el examen de ingreso.

Me examiné de ingreso de Bachillerato en Santiago de Compostela. No recuerdo el nombre del Instituto, ni falta que me hace, porque yo solo fui allí a examinarme. Vivía con los abuelos en Villajuán y tenía profesora en casa. ¡ No había pisado aún ningún colegio!.

La noche anterior al examen dormí en la casa que mi profesora, Carmiña, tenía allí, en Santiago (“Tras el Pilar”, un callejón pequeñito, justo pegado a la Alameda y a la iglesia del Pilar). Era la primera vez en mi vida que no dormía en casa y se me hizo muy raro. No es que me diera miedo, pero sí me inspiraba un cierto respeto la situación...

Me adjudicaron una habitación grande, con una cama muy grande también (sería de matrimonio, supongo), y allí me quedé esa noche solita (pobre de mi), oyendo ruidos no familiares, crujidos de tarimas desconocidas, percibiendo otros olores distintos a los habituales.... y pensando en una situación desconocida también: la de presentarme por primera vez ante un tribunal al día siguiente...

Y me presenté y aprobé, y el cura de religión no me dijo nada por llevar un traje sin mangas con una chaquetita blanca, llena de agujeritos. ¿Por qué tendría esos agujeritos que transparentaban la manga del vestido?. ¿Quién me hizo notar este “peligro”?... no lo sé, pero lo que más me preocupaba del examen era éso: que el cura se apercibiera de mis mangas cortas.

Por la tarde paseamos por la Alameda; dimos de comer a los patos y Carmiña me regaló algo que me tuvo embelesada durante varios años: ¡un cisne fluorescente!. Jamás lo olvidaré. Lo miraba por la noche y me parecía un milagro que desprendiera luz... ¡era mágico!

miércoles, 5 de marzo de 2008

Fallaste, corazón

La primavera se ha arrepentido. Todavía no es su fecha, claro; tendrá que esperar al 21 de marzo y a mi se me han adelantado los sentimientos... Hoy hace un frio pelón, (lo apuntaba Ricardo) ¡qué le vamos a hacer!.

martes, 4 de marzo de 2008

Primavera

Estaba presintiendo que llegaba. Porque, cuando se acerca la primavera, se me va ensanchando el corazón...Y ya está aquí; me avisaron los narcisos, que aparecieron primero, con su intenso perfume y su elegancia; la hortensia se llenó de yemas rechonchas; el jabonero de china asomaba sus brotes rojizos, que ahora ya se están convirtiendo en hojitas airosas dispuestas a volar, y los muscaris, que son también madrugadores, me han llenado de azul la jardinera. Ah, y me ha abierto su flor un tulipán.

domingo, 2 de marzo de 2008

Los abuelos

Mis abuelos son una referencia muy importante en mi vida (y yo creo que en la de casi todo el mundo); sobre todo mi abuela, a quien traté mucho más porque vivió hasta 1975, año en que yo me casé. Era divertida, simpática y cariñosa. Como la mayoría de las jóvenes de su tiempo (las jóvenes “de buena familia”, como se decía), había aprendido a dibujar muy bien, pintaba al óleo, bordaba de maravilla, y tocaba el piano. ¡Qué recuerdos, aquellas sesiones en el salón, cuando estábamos en familia!. La abuela al piano y todos cantando alguna muiñeira o aquellas “guajiras” que ella nos enseñó y que siempre acabamos recordando en los veranos, todavía hoy.

“Se ponen al fuego dos
adarmes de "indiferencia"
catorce gotas de esencia
de "agur y vaya con Dios".
Se añade una libra en pos
de "no me importa" molido
y todo muy bien cocido
en "aceite de alegría"
se toma una vez al día
en la taza del olvido".

“Cuando más tranquila estaba
sin pensar en el cariño
hiciste que te quisiera
y te quise con delirio.
Y te querré mientras viva,
y hasta después de la muerte.
No te creas que es mentira,
que después también se quiere.
Yo te quise con el alma
y el alma nunca se muere”.

----------

“Hoy es sábado y no quiero
dormir en la serranía
porque rondan los gañanes,
y yo me muero de envidia”

----------

“La espigadora con su esportilla,
hace la sombra de la cuadrilla...”

"Soy el rata primero
y yo el segundo
y yo el tercero..."


Sabía muchas canciones y coplillas y versos que escenificaban en el colegio, según nos decía... (Ya tendré ocasión de escribirlos para que no se pierdan).

Pasados los años, supe que la mayoría de estas canciones provienen de zarzuelas... Se ve que le gustaban...


Cuando la abuela se arreglaba, como para salir de visita, y le preguntábamos “¿a donde vas?”, siempre nos contestaba lo mismo: “A contar los frailes, que falta uno”. Y ya no peguntábamos más, aunque no entendíamos bien y, a veces, nos fastidiaba porque sabíamos que iba a otro sitio cualquiera y no nos lo decía, “por curiosas”...

Le horrorizaban las tormentas. Se ponía nerviosísima; con el rosario en la mano, recorría la casa rezando a SantaBárbarabenditaqueenelcieloestásescritaconpapel yaguabendita Santa Bárbara doncella líbranos de una centella o de un rayo mal parado, por Jesús sacramentado en el ara de la cruz, pater nostre amén jesús”... y, de vez en cuando, daba un respingo enorme cuando sonaba un trueno. Mi abuelo, en cambio, para quitar dramatismo al momento, nos cogía de la mano y nos llevaba a la ventana del salón. “Mirad, niñas, qué maravilla, mirad esos relámpagos que cruzan el cielo...¡qué hermosura!”

¡Y siempre me han gustado las tormentas!. ¡Ah, pero desde una ventana, claro!.

Estos eran mis abuelos maternos, a los que conocí y quise mucho. Vaya para ellos mi primer recuerdo en este blog...

viernes, 29 de febrero de 2008

Mª del Suspiro Ardiente

Cuando yo era niña, mi abuela (con quien viví varios años) me llamaba de vez en cuando “Mª del Suspiro Ardiente”, así, como suena. Creo que era porque yo suspiraba cuando tenía que hacer vainicas y no podía bajar a jugar al jardín con mi hermana hasta que acabáramos la tarea que nos marcaba previamente. –“desde aquí hasta aquí”- sobre un pañuelito de batista, o sobre un pañito de panamá para bandejas.

Seguramente, suspiraría por más cosas o me quejaría de otras, o lloraría por cualquier accidente doméstico que me ocurriera (siempre fui muy llorona)... porque desde pequeñita tenía un “sentimiento trágico de la vida” que no se me ha pasado aún, y voy a cumplir 63 años dentro de poco...



En esa época de mi vida, al calor del cariño de mi abuela, aprendí el gusto por las labores (a pesar de los suspiros) y aprendí muchísimas cosas más sobre el amor de la familia y el privilegio de formar parte de una muy especial en la que nunca me faltó de nada. Sobre todo, nunca me faltó lo más importante: sentirme muy querida.

Mi Blog




Ricardo me ha abierto un blog. Yo no sabía lo que significaba esto hasta que he visto (leído) el suyo, y más tarde el de Josefina y Javier, y otros más después... Y a mí, que siempre me ha gustado escribir, me dio un poquito de envidia y le pedí que me abriera una página de éstas porque algún día podría apetecerme contar algo, escribir un poco, al igual que hacen ellos. Lo malo (más bien, lo estupendo) es que ellos escriben de maravilla, se expresan con una corrección intachable y una fluidez que da gusto, y me voy a sentir "agobiada". ¡Fatal!. Así no se puede empezar. Pero aquí estoy emborronando mi cuartilla y con ello doy por comenzado mi camino en estos asuntos de los "blogs", los "post" y demás palabrejas cibernéticas con las que me iré familiarizando, supongo.