martes, 24 de marzo de 2015

Los bisabuelos










Yo he tenido la gran suerte de poder conocer a mis bisabuelos, que ya no vivían cuando yo nací, a través del cariño que les tuvieron otros.

Esto me sucedió con mis bisabuelos maternos. No habría sabido nada de ellos si mi abuelita, mi  madre y mis tías no nos hubieran hablado de los dos con el cariño y la admiración con que lo hicieron siempre. Y así aprendí a quererlos: a través del amor que les tuvieron ellas. Y es así como todo lo relacionado con la bisabuela Soledad y el bisabuelo Tiburcio (¡vaya nombrecito, ya sé!) me resultó siempre tan cercano, tanto que a veces pienso que les he conocido de verdad.

Y veo lo importante que es transmitir estos sentimientos a los hijos y prolongar así la vida de nuestros antepasados en nosotros mismos, a través de nuestras conversaciones, de nuestros recuerdos.

Por eso, siempre que tengo entre mis manos una camisa, unas gafas, unos pañuelos, una enagua, un abanico, pertenecientes a los bisabuelos, nunca los he considerado cosas viejas (o antiguas) de más o menos valor material, aunque lo tuvieran. Para mí son mucho más: son pura historia, son su vida,  su presencia.

Ellos, los bisabuelos, son parte de nosotros, viven en nosotros… así lo siento yo.

sábado, 21 de febrero de 2015

Las "abuelillas": el reloj de mi infancia





 Hace unos días me mandaron una presentación con fotos de objetos, revistas y juguetes de los años de mi prehistoria… Se ve que estos recuerdos conmueven a más de uno…
  
Bueno; no había vuelto a acordarme de estos relojes y cuando vi la foto creí que me daba un patatús, (exagerando). Y es que, de repente, reviví la emoción tan grande que me produjo, después de elegir mi color preferido, tener un reloj así al que además se le podía “dar cuerda”. Las dos agujas se movían a la vez y no había quien lo pusiera en hora… pero eso daba lo mismo, ¡se movían!. Seguramente yo no sabía leer las horas todavía. Me remangaba la manga de la chaqueta para que se viera bien y me sentía transformada en persona mayor por el mero hecho de tener ese flamante reloj en mi muñeca izquierda. Se compraban en las piperas o “abuelillas” (así llamábamos a las viejecitas que se ponían con un cesto o un pequeño cajón, a modo de mesita, a las puertas de El Retiro, a la entrada de cualquier parque o en la esquina de una calle concurrida). Los relojes estaban enlazados en hojas de cartón, como se ve en la foto y uno se pasaba media hora eligiendo el color de la correa, que era cordón de goma elástica, para que fuera el más bonito de todos.

Las “abuelillas” vendían chicles, pipas, caramelos, regaliz, bolitas de anís, que eran mis preferidas, pitillos rellenos de hierba seca de anís que alguna vez compramos -y ¡hasta encendimos!- y mil chucherías más, aparte de tabaco. Me acuerdo especialmente del regaliz de cordón porque me gustaba mucho. Estaba enrollado como los cordones de los zapatos, en forma de madeja, con una fajita de papel en el centro. Era muy rico, un poco anisado también. Las pipas te las daban con la medida de un barrilito de dados (creo que era a 10 céntimos de peseta el barril). Poco a poco, las vendedoras fueron rellenando el fondo del cubilete con papel y entonces entraban menos pipas por el mismo precio, pero no nos atrevíamos a decirles nada, aunque nos sintiéramos perjudicadas… ¡Qué timo!

Cada uno se las arregla como puede en eso de economizar…

domingo, 18 de enero de 2015

La Procesión

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Vuelvo a la calle de la Bouza, que ha sido para mí un verdadero escenario al cual me asomé tantas veces en mi infancia desde las ventanas de la habitación de la abuelita. Ya lo he comentado en otra ocasión Aun ahora me produce un bienestar enorme apoyarme en un alféizar y dejarme llevar un poco por la vida vivida y los recuerdos. Hoy se ve menos gente; casi no hay movimiento, pero yo sigo disfrutando, enmarañada un poco en mis recuerdos y en ese cariño que me rodeó siempre  de niña.

Todas las procesiones bajan por esta calle desde la Iglesia. Siempre ha sido así.Y las ventanas y balcones de las casas del pueblo se adornaban con la bandera de España. En casa también se cubrían por completo las rejas de la solana de lado a lado. Todo esto me parecía muy importante y se creaba un ambiente festivo que me emocionaba mucho.

Como era habitual, las ventanas de la habitación de la abuela eran nuestro palco particular. Desde allí veíamos cómo iba acercándose la procesión; -”¡mirad, mirad, por allá viene…!”- ¡Qué emoción!. A lo lejos se divisaban los primeros monaguillos con los velones; luego los que llevaban el estandarte y todos bajaban despacito, marcando el paso mientras la banda municipal interpretaba algo solemne. Al final aparecían sobre las andas la Virgen del Carmen, o San Roque o a veces también el párroco bajo palio con la Custodia… Y gaiteros, además gaiteros cuando lo requería la ocasión.

La gente se ordenaba en doble fila, una a cada lado de la calle. Iban cantando a la Virgen, o invocando el perdón del Señor, o exalzando su amor en el Sagrario, dependiendo de  la celebración, como es natural.


El pueblo entero participaba. Las mujeres se ponían muy elegantes. Algunas llevaban cirios muy largos, reforzados con una tablilla de madera y la mayoría de los hombres iba siempre detrás del todo: los últimos de la procesión. (Los hombres siempre separados de las mujeres, lo mismo que en la iglesia: las mujeres en los bancos de la derecha y los hombres en los de la izquierda. Cuando yo era niña siempre era así).

La procesión avanzaba lentamente. La banda de música, su solemnidad, se apoderaban de mí y hacían que me sintiera realmente conmovida en la mayoría de las ocasiones.  Algunas personas, al pasar por delante de la fachada de nuestra casa, miraban hacia las ventanas en donde estábamos nosotras y saludaban a la abuela con un gesto amable…

Y la abuelita les respondía esbozando una sonrisa y nos acercaba hacia sí abrazándonos, mientras musitaba un Avemaría o un Padrenuestro.






Retomando el tiempo




Vuelvo para empezar. Es bueno poder volver a empezar! Y no es que esté en mi mejor momento, pero mi vida está tan llena de recuerdos hermosos con los que he ido tramando mi existencia que continúo hilando cabos, siempre deslavazadamente, sin orden cronológico, y lo que salga salió…

A veces me encuentro un poco ridícula, todo sea dicho y además, después de tanto tiempo, se me olvida cómo se hacen las cosas, y tardo lo indecible hasta que consigo hacer un borrador, guardarlo y luego… conseguir editarlo cuando lo encuentre más o menos correcto. Ah. ¿y cómo se subían las fotos…?... ¡Allá voy!. No pasa nada.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Nacimiento 2012








¡Ya he puesto el Nacimiento!. Este año  lo he preparado con un poquito más de tiempo y tengo varias novedades. En primer lugar hemos comprado un tablero mucho más grande (2,45 m x 1 m.); quizás me haya pasado un poco, pero estoy la mar de contenta. Quería poner un mercado y lo he conseguido. He pasado los últimos dos meses fabricando tenderetes nuevos: uno, parecido al del año pasado, con un poco de todo;
 y los demás son: una frutería,


un hombre que vende pescado,
 un puesto de cacharros de barro

 y una piara de cerditos. 


También tengo tres habitantes nuevos: una ancianita con niño y una oronda señora (porque pastorcita no parece) que viene de la frutería con un melón bajo el brazo y un cesto de frutas... 


Este año hay un gran movimiento en Belén.

El adorno de las piñas, como remate del tablero, me lo ha    regalado Nora. Hecho por ella.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La lechera





No recuerdo con qué frecuencia venía la lechera a casa. Pero la ví alguna que otra vez, con sus botas cortas, calcetines gordos, un delantal grande a modo de falda envolvente sobre un vestido oscuro algo viejo y un pañuelo en la cabeza, atado por detrás. Traía una gran cántara que apoyaba sobre la mesa de pino  de la cocina y un “cuartillo” para medir.
  
 -¿Cuánta quiere hoy?  le preguntaba a mi abuelita. 
  - Déjeme cinco cuartillos... ¿No le echará agua, verdad? ¡Es que últimamente hace muy poca nata!
   - Ay, no señora, ¡qué cosas tiene!
.......
Seguro que alguna vez le echaría algo de agua para aumentar un poco más la ganancia pero de todos modos esa leche hervida sí que hacía nata. Muchas veces la abuelita hacía requesón y mantequilla y si llegábamos a tiempo, cuando estaba metida en danza, nos ponía una tostadita de pan con un montón de nata y azúcar por encima.

¡Eso era un manjar!.

lunes, 23 de abril de 2012

Mi hoya carnosa sigue viva




Este año, como lo hace siempre por primavera, mi Hoya está dando sus flores.  Y yo me he puesto a hacerle fotos, una tras otra, incansable, con ese ansia de fotografiar “hasta sus más hondos sentimientos”… ¡Es preciosa!; aquí dejo una muestra.

miércoles, 11 de abril de 2012

La Calle de la Bouza de Abajo



Dos de las ventanas de la habitación de la abuelita que, en un tiempo, fué también donde dormíamos nosotras, dan a la calle de la Bouza, una calle empinada que empieza en la plaza donde está la casa del Sr. Cura y termina en el Tombo. Ahora está asfaltada, pero antes era de tierra y no tenía aceras.


Nosotras no íbamos a jugar a la calle, como hacen los niños en los pueblos. No nos dejaban. Sin embargo, la calle tenía para mí un atractivo especial; era como un escenario en el que transcurrían las vidas de todos y desde las ventanas observábamos el ir y venir de la gente, mirábamos cómo jugaban las chicas a la billarda, como barría Chuco, incansable, y la hija de Celeste pasaba con el cesto en la cabeza, sin manos, y no se le caía… (¡qué envidia!); “Corazón”, el borracho oficial, a quien yo tenía mucho miedo, se paraba y decía palabrotas a voz en grito mirando hacia arriba; una mujer con un palo, guiaba a un par de cerdos para recogerlos en su cochiquera; las gallinas paseaban tranquilas hasta que las llamaban para comer; los niños se montaban en tablas de madera con ruedas pequeñitas, fabricadas por ellos mismos, y se dejaban caer a toda mecha desde la mitad de la cuesta con el peligro de estamparse en alguna pared…(¡nunca se estampaban!). Y, cuando llovía, la calle era como un torrente de agua incontrolada que arrastraba palitos, piedras y papeles, como barcos a la deriva... ¡Qué entretenido era ver correr el agua loca, precipitándose cuesta abajo!. Yo me he pasado grandes ratos disfrutando de ese espectáculo, y lo recuerdo tan fresco y tan mojado como antes, lleno de olor a lluvia y tierra.



Pescantina. Cerámica de Cesures


Algunas mujeres se descalzaban para no mojarse los zapatos; otras usaban zuecos. Y aquella pescantina (“pesca”, como llaman allí), con su cesto lleno de xoubas en la cabeza (esos cestos cuadrados, trenzados con láminas de madera de castaño, tan bonitos), bajaba descalza con el pico del delantal sujeto con la boca.

Podía parecer que el cesto le protegía del agua pero, entre las ranuritas del entramado, caía sobre su cabeza toda el agua de la lluvia mezclada con la del mar que llevaban las propias sardinas.







viernes, 16 de marzo de 2012

Siempre llega






Ah... ¡la primavera!... ¡nunca se olvida de llegar en forma de flor!





jueves, 19 de enero de 2012

Novedades en mi Nacimiento 2011

Este año tenemos unas cuantas novedades en el Nacimiento. Aparte de que es bastante mas grande que el del año pasado, cosa que me ha dado margen para agrandar el paisaje y dar más rienda a la imaginación, tenemos, como aportación de mi amiga Sisa, un dentista recién llegado de Brasil y una pareja de novios que por el tamaño bien pueden ser niños de Primera Comunión, hijos de cualquiera de los pastorcillos que andan por ahí con las ovejas. Estoy encantada. El dentista no tiene local adecuado y le he puesto a trabajar al aire libre, en pleno campo, del mismo modo en que estaba un barbero afeitando a un cliente en una cuneta de la carretera en Pekín, que lo vimos Ricardo y yo hace unos años… Así pueden ser las cosas. Para el 2012, si Dios quiere, haré un local especial, estoy segura, pues buena falta hace tener un dentista como Dios manda en un medio rural como Belén.

También he hecho un colmado con todos los alimentos necesarios (pan, quesos, melones, patatas, embutidos.. etc. etc.). Alguno de los alimentos me costó un trabajo enorme, como por ejemplo una serie de chorizos chiquititos que sólo se me ocurrió a mí hacerlos con fideos de la sopa, hidratados para poder manipularlos, pero que se manipulaban terriblemente mal, porque se me pegaban a los dedos y era espantoso… Al final, quedaron decentes, pero sufrí un poco, la verdad. La tienda está estupenda y uno de los pastores ya ha comprado una ristra de chorizos para llevar al portal… Así da gusto.

Y tengo tres figuritas nuevas que compré en la plaza Mayor. Dos de ellas son mujeres con niño. Una lleva al niño de la mano y la otra lo lleva en brazos. No tenía niños en mi Belén y ha sido un capricho que me he permitido. Además he decidido que todos los años iré a comprar alguna figurita más para engrosar la población. La otra que compré es una anciana que no tiene demasiado salero, pero… ¡ancianita, al fin y al cabo!.

¡Me lo paso de maravilla y no pienso desmontarlo hasta el mes de febrero!. Todavía no lo han visto mis vecinitos de enfrente.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Los Botones
















La abuela tenía una caja de lata llena de botones. Muchos los tengo yo ahora, como tengo también otros que eran de mi madre y otros de mi suegra.


Cuando estábamos pachuchas la abuela nos la prestaba para que jugásemos y así conseguía que estuviéramos tranquilas y entretenidas en la cama, sin trastear y sin coger frío; otras veces se la pedíamos, sin más, y nos pasábamos las horas muertas revolviendo y mirando uno por uno aquellos botones procedentes de abrigos, vestidos o blusas ya inexistentes. Los había de todos los tamaños, colores y formas; unos de pasta, otros de metal, madera, nácar, cristal… algunos tallados como si fueran auténticos broches para solapa; otros eran miniaturas, tan chiquititos que parecía que no entrara por sus agujeros una aguja. Estos los ví puestos en faldones para bebés y en camisones o ropa interior de la bisabuela. Uno por uno todos tendrían su historia y los seleccionábamos por colores, o tamaños, o por prioridades de gusto personal y por el mero placer de mirarlos, compararlos, disfrutar de sus colores y oir el ruido seco y musical, como de lluvia, que hacían cuando los revolvías con la mano.


La abuela nos enseñó también a hacer silbar un botón insertando un hilo por dos agujeros (ida y vuelta); lo atábamos, metíamos un dedo por cada extremo, dábamos muchas vueltas para que se enrollara bien y estirábamos y aflojábamos rítmicamente. Ahí empezaba a sonar como si fuera viento huracanado… y nos pasábamos las horas muertas con este entretenimiento tan sencillo, escuchando el silbido del botón.


¡Me encantan los botones!. Me puedo encontrar uno en la calle y es seguro que vendrá a engrosar la colección de mi caja.

sábado, 6 de agosto de 2011

Mi primera comunión






Dicen que el día de la Primera Comunión es el día más feliz de la vida de un niño... Quizás debería ser así pero en mi caso desde luego no lo fue en absoluto, aunque bien es cierto que en ese día me sentí protagonista e importante como nunca me había sentido y eso, en cierto modo, sí que me hacía feliz. De todas maneras ese día lo recordaré siempre, por supuesto.

Pasé de ser una más de los once hermanos, a ser “la que hacía la Primera Comunión”, o sea, la más importante.

La víspera me habían cortado el pelo. Yo lo llevaba recogido en trenzas enroscadas a cada lado de la cabeza y me dejaron una melena que, al parecer, era más propia para tal acontecimiento.

Al llegar la noche, me acosté pensando en que no podía beber ni una gota de agua y con miedo de no acordarme del ayuno por la noche. ¡Dichoso ayuno, qué preocupación! ¿Y si por un descuido bebía un poquito? Solo la idea de no poder hacer la Primera Comunión por quebrantar el ayuno me producía una tensión enorme.

Llegó la mañana. Era un 17 de agosto. Ese día me levanté nerviosa. Todo giraba a mi alrededor.

Mamá y la tita Encarna se ocuparon de vestirme, de colocarme el velo, la limosnera con los recordatorios, el rosario y el librito de nácar... Y me miraban con ternura. Yo me dejaba hacer y sentía sobre mí esas miradas complacidas que me llenaban de seguridad. No recuerdo haber visto el traje hasta el mismo día que me lo pusieron y me sentí la mar de guapa, para ser sincera. Cuando ya estaba preparada, la abuelita hizo su entrada en la habitación y traía en la mano una medalla de oro que me colocó al cuello con emoción y solemnidad. Yo percibí su cariño y su delicadeza. Era la medalla de la Primera Comunión de mi tía Carmencita, muerta a la edad de veintidós años... y ahora, mientras escribo, comprendo en profundidad esa emoción de la abuela, porque entonces no asocié para nada esos hechos y ni sabía de dónde procedía la medalla...

Cuando salí de la habitación para dirigirme al Oratorio, me llevé una gran sorpresa al ver la mesa del comedor engalanada con el mantel blanco, almidonado, con flores en el centro, tan preciosa… y las bolsitas de celofán con peladillas de chocolate a la derecha de cada taza del desayuno. ¡Era mi fiesta, y todos se habían volcado en ella!

Las velas del Oratorio estaban encendidas y los búcaros llenos de flores blancas; no recuerdo cuáles eran. A la derecha, los tres reclinatorios, adornados también: papá y mamá a cada lado y en el centro yo. En el centro yo. Era como si mis padres ese día solo fueran míos. Y yo presentía su emoción a mi lado, y eso me gustaba.

Me dio la Primera Comunión mi padrido de bautismo, el P. Justo, claretiano, de quien hablaré en otra ocasión...

De los regalos que tuve conservo el librito de “los recuerdos”, forrado de tela blanca, con letras doradas; la tela es esa que hace aguas y es algo durita… creo que se llama “muaré”; un platito-cenicero de plata, con flores repujadas, regalo de Carmiña, mi profesora; por detrás tiene mi nombre y la fecha sin el día porque no lo sabrían aún a la hora de grabarlo. Por cierto, no me había hecho nada de ilusión, pero ahora me gusta mucho y lo tengo sobre la mesa de cristal del salón. La máquina de fotos, una “Baby Kodak” que me regaló papá, incrementa ahora la colección de cámaras que tiene Ricardo… y no me acuerdo quién me había regalado la cajita de alabastro o pasta, con el Niño Jesús cargando la cruz. Esta la tengo en la mesilla de noche porque me encanta, aunque

creo que no es nada bonita.


De lo demás no me acuerdo. Sé que estuvimos toda la mañana jugando en el jardín, y que hacía un día precioso, soleado.


jueves, 4 de agosto de 2011

Voy a intentarlo de nuevo




Después de tanto tiempo de silencio total me han animado a seguir de nuevo escribiendo y voy a hacerlo en la medida que me sea posible. Bien es cierto que se me van olvidando las cosas y que, por otro lado, no sé expresarme como quisiera, pero reconozco que me gusta plasmar mis recuerdos para que, sobre todo mis hijas, puedan leerlos y entender cómo fué esa parte tan importante de mi vida: mi infancia en Villajuan.

sábado, 2 de enero de 2010

Placeres


Por aquel entonces (hacia 1952) la parte baja de la casa, que ahora es la vivienda que ocupamos en el verano, estaba dedicada a gallinero. En ocasiones había sido también lavadero, con un enorme pilón de piedra que, recuerdo perfectamente, ocupaba el espacio en el que ahora está la cama grande. Pero no había ventana. Era un lugar muy amplio, bastante oscuro, misterioso. La ventana la hizo abrir mi madre cuando convirtió toda esa zona en vivienda, muchos años después.


La encargada del gallinero era mi tia Encarna. Ella se ocupaba de los piensos de las gallinas, daba de comer a los pollitos y con ella bajábamos a recoger los huevos muchas tardes, cosa que nos hacía una gran ilusión.

- "¡Aquí hay uno,aquí otro...!

Estos hallazgos eran muy emocionantes: ¡los huevos blancos, sobre la paja, relucían como si de perlas se tratara!.
Placeres era una mujer joven, oronda y lustrosa, con unas redondeces enormes, una cara muy tersa y una sonrisa abierta y apacible; parecía derrochar salud por todos los poros de su cuerpo. Venía por casa de vez en cuando -no puedo precisar con qué frecuencia- y traía una gran cesta de mimbre (de esas tan bonitas que tienen tapas a cada lado) y se la llevaba llena de esos huevos blancos, hermosos, que la tia Encarna le vendía.

martes, 1 de diciembre de 2009

La bodega y las figuritas




Hace dos meses volví a bajar a la bodega con Pilos y con Ricardo. Esta vez con la idea concreta de mirar y tener en mis manos una a una las figuritas del Nacimiento y comprobar su estado. Siento la necesidad de unirme más y más a esos recuerdos y a esa vida-que-fue, ahora que las cosas están cambiando tanto.

Respiro profundamente el olor a humedad, tierra, madera carcomida, a todo junto, que es mucho más. Y se me llena el alma. Y algo sigue viviendo en mi interior; y me aferro a esa vida, como si nunca jamás pudiera comprender que ya no existe. ¡Muy mal! no se debe hacer eso, ya lo sé. Pero yo lo necesito todavía y me sumerjo en esa ilusión, en esas vivencias antiguas, que es el modo de sentir más de cerca a todos mis seres queridos de antes. Creo que así, poco a poco, iré soltando las amarras que me tienen atada: a base de reflexiones, de encuentros y despedidas; de tocar, de acariciar camisas con cuellos y puños almidonados e iniciales bordadas -T.A.,J.R.B- . Será una tontería, pero a mí me sirve. Me hace falta tiempo...

Las figuritas estaban ahí, en el armario de siempre, destrozadas de tanto ir y venir, en Navidades sucesivas, de casa a la iglesia y de ser tratadas con muy poca delicadeza por quienes las manipularon durante tantos años para poner el Belén en la Sacristía de la Parroquia, para disfrute del pueblo. Allí estaban, digo, apiladas malamente, agolpadas, unas contra otras, golpeadas, mutiladas...!

Se nos cayó el alma a los pies, dicho sea de paso, cuando nos fuimos encontrando trozos de patas de ovejas, pastores sin manos, sin piernas, con las cabezas rotas... ¡Qué desastre!... Y aquél pastor, mi preferido, que llevaba de la mano a un niño mientras que con el otro brazo, extendido, señalaba hacia el cielo, ya no tenía el dedo índice en su mano… y ni siquiera agarraba con la otra al niño que miraba en esa dirección.


Hemos hecho un pequeño inventario y guardamos todas independientemente, en cajas de cartón. Y he decidido que voy a restaurarlas poco a poco.

sábado, 6 de junio de 2009

Mi Hoya carnosa















Hoya carnosa. Flor sin abrir


Hace mucho que no escribo. Se me están olvidando los recuerdos... o será que, últimamente, tengo otras muchas cosas entre manos. De todos modos quiero poner una foto de mi otra Hoya (esta se llama Hoya carnosa) que me ha florecido por primera vez el 2009 y este año en mayo ha vuelto a dar cuatro flores y estoy emocionada. Una amiga me regaló un esqueje en el 2007. Lo planté, prendió con facilidad y se ve que le ha ido bien el lugar donde lo coloqué porque la plantita fue prosperando y está fuerte y robusta. ¡Una sorpresa enorme!. No conocía para nada esta variedad y es emocionante seguir la pista a una planta de la que no conoces el comportamiento, por decirlo así. Teóricamente es enredadera, vamos, necesita un tutor o caerá deslavazadamente hacia el suelo. Yo la he sujetado entre dos palos casi paralelos. Como da una especie de zarcillos alargados y desprovistos de hojas, parece que se le secan los extremos y hace muy raro; te crees que algo le va mal pero, justamente ahí, en ese tallo alargado y tristón, es donde más adelante florecerá. Al menos así ha pasado este año con la mía. Por la noche, a los pocos días de abrir, desprende un olor algo fuerte que poco a poco va despareciendo y he observado que, cuando lleva abierta un par de semanas, segrega unas gotitas resinosas, como si fueran bolitas de cristal, que se ven muy bien en esta foto.

¡Es preciosa y parece de terciopelo!

sábado, 4 de abril de 2009

De nuevo, la primavera







Cuando la Cigarra nos brinda su álbum primaveral, mi Hoya Bella resucita este año y sus estrellitas con abalorios rojos me llenan de alegría. ¿Se puede ser tan preciosa?.

sábado, 14 de febrero de 2009

Caracol, col, col














Los días de lluvia todos los caracoles salían a pasear; al menos eso es lo que yo observaba en el jardín, por primavera. Para que tomáramos el aire la abuela nos hacía bajar con el encargo de liberar a las plantas de tan perjudiciales animalitos.

Primero los cogíamos -sabiendo que se escondían en su “caseta” inmediatamente- para que con la magia de la canción volvieran a salir de su escondite, ante nuestra ilusión y asombro. Yo llegué a pensar que a los caracoles les gustaba oír esa cancioncilla “caracol, col col, saca los cuernos al sol”, que nosotras les cantábamos mientras esperábamos pacientemente a que iniciaran su paseo de nuevo; incluso me parecía que la necesitaban para ponerse en marcha. El caracol, al cabo de un ratito, sacaba un “cuerno”, luego el otro y, confiado, se disponía de nuevo a caminar, dejando su huella como una estela de baba brillante .

Paseaban por los macizos sobre las hojas de boj; subían por las ramas de las camelias, se arrastraban con parsimonia por el muro... era un auténtico batallón a los que interceptábamos el camino y dejábamos caer sobre los paseos, para aplastarlos sin piedad con las botas, cuando nos aburríamos de cantarles... Ahora me da no sé qué decirlo; me suena fatal, pero era así. Yo maté un montón de caracoles, no sé cuántos, en mi vida; ahí se quedaban tan resbalosos, tan mocosos, mezclados con su caparazón, hechos un asco, por el parterre. Y no me daban ninguna pena. Eran perjudiciales para las pantas, y ¡hale!. Nosotras hacíamos el bien al jardín. Los caracoles tenían que aguantarse.

Un día llegó “Venturiña” con un cubo en la mano y le pidió permiso a la abuela para entrar en el jardín y llenarlo de caracoles. ¡Los quería para vender!. ¿Quién compraría semejante cosa, -pensaba yo-?. No me podía imaginar que alguien tuviese el mínimo interés en comprar estos babosos animalitos y menos aún para comérselos!. Venturiña nos explicó que conocía a un señor francés a quien le gustaban mucho, cocinados, “...porque allí, en Francia, se comen los caracoles...” ¡Qué asco!. Nos pusimos a ayudarle, manos a la obra y lo pasamos mejor que nunca porque intentaban subir por las paredes del cubo para escaparse, pero eran tan lentos que ninguno lograba salir. Nosotras los hacíamos bajar rápidamente una y otra vez y así nos pasamos la mañana, tan felices nosotras y tan desesperados los caracoles, supongo. Al final, Venturiña se marchó todo satisfecho con el cubo lleno para el señor francés y nosotras seguimos jugando por el jardín, entretenidas con los caracoles y con el sapo ése tan gordo, que estaba casi siempre en una hendidura del muro -o al menos allí le localizábamos con frecuencia- y que tenía la piel tan fría y los mofletes tan fofos...

miércoles, 28 de enero de 2009

La casita de muñecas


Un día 6 de enero de no me acuerdo qué año llegaron por la mañana los Reyes Magos, como acostumbran a hacerlo desde que tengo conciencia. Pero aquel año para mí fue especial, tan especial que lo tengo guardado en mi nevera de los recuerdos que es, justamente, donde más frescos y claros perduran.
Después de desenvolver algunos paquetes, la abuela nos encaminó solemnemente a la salita en donde dábamos nuestras clases diarias porque “Sus Majestades han dejado algo ahí”. Mientras cruzábamos el recibidor una corazonada me decía que la cosa iba a ser muy especial ¡presentía algo importante...!.

Efectivamente, justo al entrar en la habitación, adosada a la pared de la izquierda, nos encontramos –oh, maravilla- con una casita de muñecas de tres pisos, cuyas habitaciones estaban todas encendidas, lo cual nos permitía ver, a través de los cristales de las ventanas, toda la vida en funcionamiento en su interior; la señora de la casa con su bata de raso rosa y sus chinelas, los niños en su cuarto de juegos, la cocinera y la doncella ambas ocupadas en sus quehaceres, con sus cofias y sus uniformes impecables... ¡Qué emoción tan enorme!.

La fachada se retiraba con mucho cuidadito y... entonces sí que se podía entrar en cada habitación, abrir un armario y ver la ropa colgada de perchas “de verdad”; abrir el cajón del aparador del comedor y coger los cubiertos y los platos para poner la mesa; abrir la puerta del...“escusado” y encontrarte con la taza de porcelana y el rollito de papel del elefante como si fueran de verdad... ¡¡Indescriptible!!

Por aquel entonces tendría yo...¿siete años?. Seguramente.

Supe, con el tiempo, que esa casita la había traído mi bisabuelo para sus nietas (entre ellas, mi madre) cuando eran pequeñas. Mi abuela se dedicó a restaurarla muchos años después, para que los Reyes nos la trajeran a mi hermana y a mí, tal como acabo de describir. (Ahora puedo entender la ilusión tan grande de la abuela al haber hecho realidad esta restauración, y lo emocionada que estaría observando nuestras caras, aquel día seis de enero).

La casita hizo las delicias de nuestra infancia, es fácil de imaginar. Pero como todo tiene su momento, al pasar los años, se nos olvidó. La guardó mi abuela seguramente antes de que los pequeños la destrozaran... Y los muebles, vajillas y porcelanas, fueron desapareciendo poquito a poco, a lo largo del tiempo, en manos de quien fuera...

.................

El verano de 1993 bajé a la bodega para reencontrarme con ella. Ahí estaba, toda deteriorada, llena de polvo, como es natural y abandonada por completo. Empecé a meter la cabeza por las habitaciones y los dedos por la puerta de la leñera de la cocina con la ilusión de encontrar algo; comprobé que en la leñera habían anidado ratones, pero también que se conservaban unas cazuelitas y algún que otro utensilio ahí escondidos. En el salón quedaban algunos muebles antiguos, aunque destartalados.
En un dormitorio había una cama, sin cabecero. Las cocineras casi se habían muerto, pero estaban... ¡Me emocioné! Pedí permiso para sacarla de ahí y me dediqué durante tres o cuatro veranos a restaurarla por completo. Primero la limpié. Puse cajones en donde ya solo quedaban los huecos, reconstruí cabeceros de cama, coloqué puertas y durante un par de años anduve obsesionada buscando todo tipo de tablitas y alambres que me permitieran trabajar en la reconstrucción de zócalos y escaleras. Solicité a todos los niños de la familia que me guardaran los palos de los polos y todos se acordaban siempre de traérmelos. Y me fueron de una gran utilidad. Hice un perchero, un bastonero y hasta libros para el despacho. Descubrí también el cartón-pluma, mi gran aliado para todo lo relacionado con la carpintería de puertas y ventanas... Coloqué cofia nueva y uniforme a la doncella, porque se lo habían roído los ratones y completé, gracias a los chinos y a mis más allegados, algo de mobiliario y algún que otro adorno de la época. Hice dos alfombras, pintadas sobre telas más o menos finas, que me quedaron muy apropiadas, sobre todo una. Y al cabo de tres veranos la casita estaba terminada a falta de la instalación eléctrica de la que carece todavía y que correrá a cargo de Ricardo, cuando se jubile, porque a mí lo de la electricidad se me da fatal. También faltan los balaústres de los balcones. Éstos creo que se los voy a encargar a un cuñado mío que se ha jubilado ya y se había ofrecido a hacerlos hace muchos años...

Ahora quiero hacer obra y cambiar los suelos, que están bastante feos.